Cuando Artur cerró la puerta de su despacho, sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
Tenía ochenta y dos años, caminaba con dificultad y necesitaba ayuda para subir las escaleras. Sin embargo, aquella noche su mirada era firme.
Sobre el escritorio había tres carpetas, una caja de madera y una fotografía antigua.
—Siéntate —me pidió.
Obedecí.
—Los médicos ya han recibido el pago de la operación de Maxim. Tu hijo será atendido en el mejor hospital y no tendrás que preocuparte por el dinero.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Señor Artur, no sé cómo agradecerle…
Levantó una mano.
—Todavía no me has escuchado.
Abrió la primera carpeta.
Dentro había documentos relacionados con nuestro matrimonio, un testamento y varios contratos.
Pero había algo más.
Un certificado de nacimiento.
Y una fotografía de un bebé envuelto en una manta blanca.