Aquella noche escribí durante tres horas.
No intenté justificarme.
No culpé a Madison.
No mencioné a Alexander como si su traición pudiera borrar la mía.
Simplemente escribí la verdad.
Que había sido egoísta.
Que había confundido el éxito con la felicidad.
Que había tratado a Claire como una certeza permanente, en lugar de cuidarla como a una persona que podía elegir marcharse.
Y que, si algún día llegaba a ser padre, quería aprender a ser un hombre digno de esa responsabilidad.
Guardé la carta en un sobre.
Pero antes de enviarla, mi teléfono sonó.
Era Richard.
Su voz parecía alterada.
—Daniel, tenemos un problema.
Me incorporé.
—¿Qué ocurrió?
—Alexander acaba de presentar documentos afirmando que varias de las transferencias investigadas fueron autorizadas por ti.
Sentí que la sangre se me congelaba.
—Eso es mentira.
—Tenemos que demostrarlo.
Hizo una pausa.