—Regresa a tu base, comandante. Esta casa ahora es para tu hermana. Aquí ya no eres bienvenida.
Mi hermana Mariana sonrió como si acabara de recibir una herencia.
Yo solo recogí mi maleta militar y contesté:
—Está bien.
Ese fue el momento en que cometieron el peor error.
Había manejado hasta Valle de Bravo después de varias semanas de trabajo en una instalación naval. Solo quería descansar en la casa que había comprado años atrás con mis propios ahorros.
Pero al entrar encontré botellas de champaña, cajas de mudanza y fotografías de la familia de Mariana sobre mis muebles.
—Esta casa es demasiado grande para ti —dijo mi padre, Ernesto—. Mariana tiene esposo y dos hijos. Ellos sí necesitan espacio.
—Papá, la escritura está a mi nombre.
Se rio.
—Siempre con tus papeles. La familia está primero.
Eso dolió más de lo que quise demostrar.