Camila dio un paso atrás, buscando instintivamente el respaldo del sillón para no caerse.
Sus labios estaban cárdenos y el sudor frío brillaba en sus sienes perfectamente peinadas.
—No le hagas caso, Mateo… —suplicó ella, con la voz quebrada y lágrimas fingidas brotando de sus párpados—. Sabes que nunca superó su infidelidad… sabes que inventó todo para destruirnos…
—No inventé nada, Camila —sentencié, dando un paso adelante y sacando de mi bolsa de tela el libro encuadernado en piel negra—. Anoche tus matones me robaron una carpeta vacía que preparé para ver hasta dónde llegaba tu cobardía. Pero esto… esto no pudiste quemarlo.
Arrojé el pesado libro de balance de narcóticos sobre la mesa de centro de caoba.
El golpe seco del cuero contra la madera resonó como un disparo en la estancia.
Los dos abogados se miraron entre sí con alarma profesional.