…sintió que el aire se le atoraba en el pecho.
Dentro del sobre había tres cosas.
La primera era una libreta. La misma libreta de cuadritos que Maribel usaba para anotar los gastos. Pero esta era diferente. Tenía páginas y páginas llenas de números.
Martín la abrió. En la primera página, escrito con la letra cuidadosa de Maribel:
“Cuenta de ahorro para nuestra casa. Enero 2019.”
Debajo, una lista de depósitos. Quincena tras quincena. Durante cinco años.
500 pesos. 800 pesos. 1,200 pesos. 2,000 pesos.
Cada mes, Maribel había estado depositando dinero en una cuenta. Dinero que ella ahorraba de los gastos de la casa. Dinero que ella no gastaba en ella misma. Dinero que Martín pensaba que ella se quedaba.
La segunda cosa del sobre era un documento. Un contrato de compraventa. De una casa. En Chimalhuacán. A nombre de los dos.
Martín leyó el precio. Ochocientos mil pesos.
Levantó la vista. Maribel estaba llorando en silencio.
—¿Qué es esto? —preguntó él, con la voz quebrada.
—Nuestra casa —respondió ella—. La casa que siempre quisiste.
La tercera cosa del sobre era una carta.
“Martín: Sé que me odias. Sé que piensas que soy tacaña. Que pienso que te controlo. Que creo que te estoy engañando. Pero no puedo decirte la verdad. Porque si te la digo, vas a querer gastar el dinero. Vas a querer comprar cosas que no necesitamos. Vas a querer irte de fiesta con tus amigos. Y yo no puedo permitir eso. Porque tenemos un sueño. Un sueño que me prometiste cuando nos casamos. Una casa propia. Para nosotros. Para el Chuy. Para cuando tengamos más hijos. Cada vez que te digo que no hay dinero, es porque lo estoy guardando. Cada vez que hago frijoles con huevo en vez de tacos, es porque estoy ahorrando. Cada vez que no compro ropa nueva, es porque estoy apartando para el enganche de nuestra casa. Ernesto es el dueño de la casa. El señor que nos la está vendiendo. Llevo cinco años juntando dinero. Cinco años trabajando horas extra en una tienda de abarrotes cuando tú estás en la fábrica. Cinco años sin comprar nada para mí. Hoy firmamos. Hoy es nuestro aniversario. Y quiero que tengamos nuestra casa. Nuestra. Tuya y mía. Perdóname por no decirte antes. Pero quería que fuera una sorpresa. Quería que llegaras a casa un día y te dijera: ‘Martín, ya tenemos casa.’ Te amo. Aunque no lo creas. Aunque me odies. Te amo.”
Martín dejó caer la carta. Las lágrimas empezaron a correr por su rostro.
Miró a Maribel. Ella estaba de pie, con el vestido rojo, llorando en silencio.
—¿Trabajabas en una tienda? —preguntó él.
—Sí —respondió ella—. De noche. Cuando tú dormías. Vendía abarrotes. Ganaba tres mil pesos al mes. Todo para la casa.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque tú querías irte de fiesta. Querías comprar tenis. Querías vivir el día. Y yo… yo quería que tuviéramos un futuro.
Martín se acercó a ella. La abrazó. La abrazó como no la había abrazado en años.
—Perdóname —susurró—. Perdóname por todo. Por llamarte tacaña. Por pensar que me engañabas. Por no ver lo que hacías por nosotros.
Maribel lloró contra su pecho. —Solo quería que tuviéramos una casa. Una casa donde el Chuy pudiera crecer. Donde pudiéramos envejecer juntos.
Martín la besó en la frente. —Ya tenemos casa —dijo—. Gracias a ti.
Esa noche, no fueron a la casa nueva.