PART 2:
El rugido constante de las turbinas del jet privado vibraba contra la ventanilla como un pulso mecánico.
Afuera, la noche devoraba el Atlántico en una negrura absoluta, sin estrellas ni referencias terrestres.
Sobre la mesa plegable de caoba barnizada, la pantalla de mi ordenador portátil proyectaba un resplandor azulino sobre mis dedos entumecidos.
Frente a mí no había copas de celebración ni alivio triunfal.
Solo había carpetas con sellos notariales digitales, extractos bancarios cruzados y una serie de registros que retrocedían cuatro meses en el tiempo.
Cuatro meses exactos desde la primera sospecha que había empezado a resquebrajar los cimientos de mi matrimonio.
La memoria me devolvió a una madrugada de mayo en nuestra residencia de San Pedro Garza García.
El reloj de pared marcaba las tres y cuarto cuando el leve crujido del parquet me despertó.
Sebastián no estaba a mi lado en la cama.