Me sentí orgullosa de su compasión.
Y aterrada por la manera en que había intentado demostrarla.
Ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo.
Durante noviembre comenzamos a organizar ayuda para Teresa.
Pero esta vez no llegué a su casa con bolsas y explicaciones.
Primero hablamos.
Le pregunté qué necesitaba.
Qué estaba dispuesta a aceptar.
Y de qué manera prefería que manejáramos la situación.
Al principio fue difícil.
Teresa estaba avergonzada.
Se sentía culpable por lo que había hecho Emiliano.
Y le costaba mirarme a los ojos.
—No quería que supieras que estábamos así —me confesó.
—Lo sé.
—No quería que sintieras lástima por nosotros.
Respiré profundamente.
—Tere, creo que necesito pedirte perdón.
Me miró sorprendida.