Desde el primer estudio hasta su funeral transcurrieron apenas unas semanas.
Yo tenía cincuenta y cinco años.
Y aquella pérdida me destrozó.
Lucía no era solamente mi hermana.
Era mi mejor amiga.
Hablábamos casi todos los días.
Compartíamos recetas.
Recuerdos.
Preocupaciones.
Cuando murió, durante meses sentí que me habían arrancado una parte de la vida.
Arturo estuvo a mi lado durante todo aquel tiempo.
Nunca me presionó para superar el dolor.
Nunca me dijo que debía ser fuerte.
Simplemente se quedó conmigo.
Me preparaba té.
Me acompañaba al cementerio.
Y algunas noches permanecía sentado a mi lado mientras yo lloraba sin poder hablar.
Lo que nunca supe fue lo que hacía cuando yo me iba a dormir.
Arturo comenzó a investigar.