Eric levantó la copa.
Vanessa sonrió.
—Por fin —susurró—. Ahora todo será nuestro.
Pero ninguno de los dos se dio cuenta de que, detrás de unos arbustos, había alguien observándolos.
Un guardabosques había escuchado los gritos.
Y no estaba solo.
Cuando Vanessa volvió a mirar hacia el acantilado, vio las luces de un vehículo acercándose por el camino.
Su sonrisa desapareció.
—Eric…
Él dejó la copa.
—¿Qué?
—Creo que alguien viene.
Ambos intentaron recomponerse.
Cuando los guardabosques llegaron, Vanessa comenzó inmediatamente con su actuación.
—¡Mi marido cayó! ¡Intentamos ayudarlo!
Uno de ellos miró el borde.
Después observó la silla de ruedas.
—¿Y usted dice que estaba detrás de él?
—Sí.
—¿Los dos?
—Sí.
El segundo guardabosques se acercó a la silla.
La examinó.
—Esto no parece una caída accidental.
Vanessa palideció.
—¿Qué quiere decir?
El hombre señaló las marcas recientes en el suelo.
—Quiero decir que alguien empujó esta silla.
Eric intervino rápidamente.
—¡Fue un accidente!
El guardabosques lo miró.
—Entonces tendrá que explicarlo en la comisaría.
Mientras ellos discutían, yo estaba muy lejos de aquel acantilado.
Un equipo de rescate me había encontrado aguas abajo.
No estaba solo.
Cuando recuperé el conocimiento, lo primero que pregunté fue:
—¿Mi teléfono?
Un rescatista negó con la cabeza.
—No sabemos dónde está.
Cerré los ojos.
Eso no importaba.
Porque había algo que Vanessa y Eric desconocían.
Antes del viaje, mi abogado había insistido en activar un protocolo de seguridad debido a mi recuperación.
Mi reloj tenía una función de emergencia.
Y había enviado mi ubicación antes de que ellos siquiera comprendieran lo que estaba ocurriendo.
Horas después, en el hospital, recibí una llamada.
Era mi abogado.
—Señor, ¿está consciente?
—Sí.
Hubo un silencio de alivio.
—Tenemos un problema.
—¿Vanessa?
—Ya habló con la policía.
—¿Qué dijo?
—Que usted perdió el control de la silla y cayó accidentalmente.
Sonreí.
—Entonces déjela hablar.
—¿Por qué?
—Porque cada palabra que diga será una contradicción más.
Mi abogado permaneció callado.
—¿Tiene pruebas?