«Te pagaré por leer esta carta», dijo el jefe con tono burlón; ¡su respuesta dejó a toda la sala atónita!

«Te pagaré por leer esta carta», dijo el jefe con tono burlón; ¡su respuesta dejó a toda la sala atónita!

Valeria Reyes debería haber pasado aquella noche de viernes en su pequeño departamento de la colonia Narvarte, en Ciudad de México, comiendo sopa instantánea y descansando después de una semana agotadora.

Pero a las 18:07 recibió un mensaje de una compañera de la agencia de eventos.

—Tengo fiebre. ¿Puedes cubrirme? Es la gala por el aniversario de Grupo Montemayor. Pagan doble y habrá buenas propinas.

Valeria miró el saldo de su cuenta bancaria: 1,843 pesos.

A sus 28 años había aprendido una verdad menos elegante que cualquiera de las frases motivacionales de los millonarios: el cansancio no pagaba la renta.

Aceptó.

2 horas después subía por el elevador de servicio de la Torre Montemayor, en Paseo de la Reforma. Se puso un uniforme negro, recogió su cabello oscuro y entró al enorme salón del piso 41, iluminado por cientos de lámparas de cristal.

Empresarios, políticos, inversionistas y celebridades brindaban con copas que costaban más que el sueldo mensual de Valeria.

En el centro de todos estaba Alejandro Montemayor, director general del conglomerado y heredero de una de las fortunas más conocidas de México.

Tenía 36 años, un traje hecho a medida y una seguridad que rayaba en arrogancia.

La gala conmemoraba los 40 años de la empresa fundada por su padre, don Roberto Montemayor, fallecido 6 años antes.

Cada invitado repetía lo mismo.

—Tu padre estaría orgulloso.

—Roberto tenía un instinto extraordinario.

—Tienes mucho de él, Alejandro.

Alejandro sonreía para las fotografías, pero cada comparación le irritaba.

Incluso muerto, su padre seguía siendo el hombre más importante de cualquier habitación.

Después de beber varias copas, Alejandro tomó el micrófono.

—Mi padre me enseñó que el éxito pertenece a quienes se atreven a construirlo, no a quienes se conforman con mirar desde abajo.

Hubo aplausos.

Valeria, que pasaba cerca con una charola, apretó los labios.

Llevaba 6 años trabajando en restaurantes, hoteles y eventos mientras intentaba reconstruir su vida. Había conocido demasiados hombres ricos convencidos de que una cuenta bancaria era una prueba de inteligencia.

Un invitado retrocedió sin mirar y golpeó su hombro.

La charola se inclinó.

Una copa de vino tinto cayó directamente sobre la camisa blanca de Alejandro.

El salón quedó en silencio.

—Lo siento muchísimo, señor —dijo Valeria.

Alejandro miró la mancha roja.

Algunas personas soltaron risitas nerviosas.

Su orgullo decidió buscar un culpable.

—Por esto el personal debería permanecer donde los invitados no tengan que notarlo.

Valeria se quedó inmóvil.

Después levantó los ojos.

—Ya le pedí disculpas, señor.

No gritó.

No lloró.

No bajó la cabeza.

Simplemente dio media vuelta.

Aquella tranquilidad enfureció todavía más a Alejandro.

—Espera.

Valeria se detuvo.

—¿Sabes quién soy?

—Sí.

—Dentro de poco prácticamente todo este edificio estará bajo mi control.

Valeria observó el salón.

Luego lo miró.

—Entonces felicidades.

Alguien soltó una carcajada.

Alejandro sintió que todos lo observaban.

En el bolsillo interior de su saco llevaba un sobre amarillento perteneciente a su padre. Formaba parte de los objetos que mostrarían durante el homenaje.

Dentro había una página escrita en latín.

Alejandro tuvo una idea cruel.

Sacó el papel.

—Pareces muy segura de ti misma.

Valeria no respondió.

—Te propongo algo. 20 millones de pesos si puedes leer esto correctamente.

Los teléfonos aparecieron de inmediato.

—No, gracias.

—¿Tienes miedo?

—Vine a trabajar.

Alejandro se interpuso en su camino.

—¿O tu orgullo vale más que 20 millones?

Algo cambió en la mirada de Valeria.

No fue rabia.

Fue decisión.

—Démelo.

Alejandro sonrió y le entregó la hoja.

Valeria la observó durante unos segundos.

Entonces comenzó a leer.