Una mujer de buen corazón y en buena forma física intervino para ayudar a una anciana que había recibido una bofetada, sin saber que el hijo de esta era un famoso director ejecutivo multimillonario.
PARTE 1
Daniela Cruz no era de esas personas capaces de ver sufrir a alguien débil y seguir caminando como si nada hubiera ocurrido.
Por eso, cuando escuchó el golpe seco de una bofetada en medio de Plaza Cobalto, uno de los centros comerciales más exclusivos de Santa Fe, se detuvo en seco.
A unos metros había una anciana de cabello blanco junto a un bolso caído. Se cubría la mejilla con una mano.
Frente a ella, Regina Alcázar, hija de un poderoso empresario inmobiliario, llevaba un vestido blanco que probablemente costaba más que varios meses del sueldo de Daniela.
—¡Te vi meter la mano en mi bolsa! —gritó Regina.
—Sólo la recogí —respondió la anciana con voz temblorosa—. Se cayó junto a mis pies.
Regina levantó nuevamente la mano.
No alcanzó a golpearla.
Daniela sujetó su muñeca.
—Ya fue suficiente.
Daniela tenía 31 años y trabajaba como entrenadora en un gimnasio del tercer piso. Alta, atlética y de brazos fuertes, podía intimidar sin proponérselo.
Pero jamás había golpeado a nadie fuera de una competencia deportiva.
Regina la miró con furia.
—Suéltame. ¿Sabes quién soy?
Daniela miró primero la mejilla enrojecida de la anciana.
—Ahora mismo eres la mujer que acaba de pegarle a alguien que podría ser tu abuela.
Decenas de personas sacaron sus teléfonos.
Regina se soltó.
—¡Intentó robarme!
Daniela se agachó para recoger las pertenencias de la anciana: lentes, medicamentos, cartera y un pañuelo.
—¿Cómo se llama?
—Elena Valdés.
—Doña Elena, ¿tomó algo de su bolsa?
—Nada.
Daniela se volvió hacia Regina.
—¿Te falta algo?
Regina apretó los labios.
—Ése no es el punto.
—Es exactamente el punto.
En ese momento llegó Octavio Mendoza, gerente del centro comercial.
Su reacción fue reveladora.
Ni siquiera preguntó por la anciana.
Corrió directamente hacia Regina.
—Señorita Alcázar, ¿está bien?
—Esa mujer me atacó.
—Impedí que golpearas a doña Elena por segunda vez —respondió Daniela.
Octavio miró a la anciana apenas un instante.
—Señorita Cruz, acompáñenos a seguridad.
—Primero consíganle una silla.
—No me diga cómo hacer mi trabajo.
—Entonces haga su trabajo.
El rostro de Octavio se endureció.
Regina sonrió.
—Tú trabajas en el gimnasio de arriba, ¿verdad?
Daniela no respondió.
—Te he visto. No creo que sigas trabajando allí después de hoy.
Doña Elena tomó el brazo de Daniela.
—No pierdas tu empleo por mí.
Daniela la miró.
—Usted no hizo nada malo.