«Te pagaré por leer esta carta», dijo el jefe con tono burlón; ¡su respuesta dejó a toda la sala atónita!

El latín salió de sus labios con una pronunciación limpia, pausada y exacta.

Cuando terminó, tradujo:

—“Quien posee poder y olvida la humanidad termina viviendo dentro de la sombra creada por su propio poder.”

Nadie se movió.

Valeria dobló el documento cuidadosamente y se lo devolvió.

—Parece que el hombre que escribió esto entendía algo que usted todavía no aprende.

Y se marchó.

Aquella misma noche el video explotó en redes sociales.

“Millonario humilla a mesera y ella lo deja en ridículo.”

“CEO ofrece 20 millones y pierde su propia apuesta.”

Alejandro vio el video solo en su penthouse de Santa Fe.

Miles de comentarios se burlaban de él.

Uno lo hirió especialmente:

“Don Roberto Montemayor se avergonzaría de su hijo.”

Pero algo más comenzó a inquietarlo.

Valeria no había dudado ni un segundo.

¿Quién era aquella mujer?

A la mañana siguiente pidió información sobre ella.

Valeria Reyes, 28 años.

Trabajadora temporal.

Estudios universitarios inconclusos oficialmente.

Padre: Joaquín Reyes.

Fallecido.

Alejandro se quedó inmóvil.

Conocía aquel nombre.

Joaquín Reyes había sido periodista de investigación.

15 años atrás había investigado una planta química perteneciente a Grupo Montemayor cerca de Salamanca, Guanajuato. Según sus reportajes, residuos industriales habían contaminado pozos utilizados por varias comunidades.

Antes de publicar la investigación definitiva, Joaquín murió en un accidente carretero.

El caso desapareció.

La empresa nunca fue acusada.

Aquella tarde, Valeria regresó a su departamento y encontró la puerta abierta.

No faltaba dinero.

No habían robado su computadora.

Pero cajones, carpetas y libros estaban tirados por todas partes.

Alguien buscaba documentos.

Sobre la mesa habían dejado intencionalmente una fotografía de su padre.

En ella, Joaquín Reyes aparecía junto a Roberto Montemayor.

Sonriendo.

Como amigos.

Una hora después Alejandro recibió por correo la misma fotografía.

Debajo había una frase:

“LA VERDAD SIEMPRE CUESTA MÁS QUE EL DINERO.”

Alejandro encontró a Valeria esa misma noche.

Ella quiso cerrarle la puerta.

—Esto no tiene nada que ver con la gala —dijo él enseñándole la fotografía.

Valeria palideció.

—¿De dónde sacó eso?

—Me lo enviaron.

Ella permaneció en silencio.

Finalmente confesó:

—Mi padre me dijo que había conseguido pruebas contra su empresa. 3 días después supuestamente murió.

—¿Supuestamente?

—Nunca me permitieron reconocer personalmente el cuerpo.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Y el latín?

—Estudié Lenguas Clásicas en la UNAM. Después hice una estancia académica en España. Regresé hace 7 meses porque encontré cajas de mi padre que mi tía había guardado durante años. Trabajo donde puedo mientras investigo.

—¿Qué buscas?

—Saber por qué murió.

Alejandro respiró profundamente.

—Entonces quizá buscamos lo mismo.

Al día siguiente viajaron a un archivo privado que Grupo Montemayor conservaba en el Estado de México.

Después de horas revisando cajas encontraron documentos de la antigua planta.

Todo parecía demasiado perfecto.

Análisis limpios.

Reportes impecables.