Nunca una cena tan sencilla me había sabido tanto a libertad.
Durante los siguientes días instalé las cortinas, compré algunas plantas y pinté una pared de gris claro.
Sí, de gris.
Cada vez que miraba aquella pared recordaba que, por primera vez, había tomado una decisión sin pedir permiso.
Sin embargo, lo que ocurrió el lunes siguiente me tomó por sorpresa.
A las nueve de la mañana recibí un correo de mi madre.
El asunto decía: «Necesitamos hablar urgentemente».
Lo abrí.
Había una fotografía adjunta de varios documentos sobre una mesa.
Mi madre había escrito:
«Sofía, por favor, no hagas esto más difícil. La señora Leonor está diciendo que la hemos engañado. Tu hermana está sufriendo. Ven el sábado a casa para resolverlo como una familia».
Debajo había una frase que me hizo fruncir el ceño: