PARTE 2: LOS HIJOS QUE ME OCULTARON DURANTE TRES AÑOS

Cassandra sostuvo el sobre entre sus dedos durante varios segundos.

No parecía una mujer que estuviera a punto de entregarme una simple carta.

Parecía alguien que llevaba tres años cargando con un peso demasiado grande y finalmente estaba decidiendo si podía soltarlo.

—Antes de abrirlo, quiero que entiendas algo, Damon.

Su voz era baja para que los niños no escucharan.

—No fue porque no quisiera que los conocieras.

Miré el sobre.

Mi nombre estaba escrito en la parte delantera.

Damon Prescott.

La letra era de Cassandra.

La reconocí inmediatamente.

Durante cinco años había visto esa letra en notas pegadas en mi refrigerador, en mensajes dejados sobre mi escritorio y en pequeñas tarjetas que me escondía dentro de los bolsillos de mis chaquetas.

Cosas simples.

“Recuerda comer.”

“No trabajes hasta las tres de la mañana.”

“Estoy orgullosa de ti.”

Antes de que mi empresa creciera.

Antes de que mi apellido apareciera en revistas financieras.

Antes de que todos me llamaran genio.

Ella era la única persona que me recordaba que todavía era un hombre.

No una cuenta bancaria.

No un contrato.

No un apellido.

Un hombre.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Cassandra bajó la mirada.

—La prueba de que intenté encontrarte.

Abrí el sobre lentamente.

Dentro había varias hojas dobladas.

La primera era una carta.

La fecha hizo que mi respiración se detuviera.

Tres años atrás.

Dos semanas después de nuestra última noche juntos.

“Damon:

Necesito hablar contigo.

No importa lo que haya pasado entre nosotros. No importa si estás enojado conmigo o si crees que tomé una decisión equivocada.

Necesitas saber algo.

Estoy embarazada.

Tenemos que hablar.”

Mis dedos se quedaron quietos.

Levanté la mirada.

—Nunca recibí esto.

—Lo sé.

—¿Cómo sabes que no?

Cassandra soltó una pequeña risa triste.

—Porque envié cuatro.

El ruido del avión desapareció.

Solo escuchaba mi propia respiración.

—¿Cuatro?

Asintió.

—La primera la envié a tu oficina.

—La segunda a tu departamento.

—La tercera intenté entregártela personalmente.

—¿Y la cuarta?

Sus ojos se humedecieron.

—Se la di a tu asistente.

Sentí un golpe en el pecho.

Mi asistente.

Olivia.

La mujer que había trabajado conmigo durante seis años.

La persona que sabía mis horarios.

Mis reuniones.

Mis viajes.

Incluso sabía cuándo yo estaba en casa.

—¿Qué pasó con ella?

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