PARTE 2 — LA VIDA QUE PERDÍ

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Michael Reed había sido mi mejor amigo desde la universidad.

Había sido mi padrino de boda, el hombre que me acompañó cuando nació Noah y la primera persona a la que llamé cuando abrí mi empresa.

Y ahora estaba en mi antigua cocina, secándose las manos con un paño.

—Michael —murmuré—. ¿Qué haces aquí?

Él me observó con serenidad.

—Preparando la cena.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿En mi casa?

Helena dio un paso adelante.

—Daniel, esta ya no es tu casa.

Aquellas palabras me golpearon.

Miré a Michael.

—¿Cuánto tiempo llevas viniendo aquí?

—El suficiente para saber que Emily no come zanahorias cocidas y que Sophie necesita tranquilidad antes de sus exámenes.

Apreté los puños.

—Eras mi mejor amigo.

Su expresión se endureció.

—Y tú eras su padre.

El silencio fue insoportable.

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