Fui a la tumba de mi esposa y encontré a dos niñas empapadas llorando junto a la lápida. Una susurró: “Mami, sácanos de aquí”. No discutí con su tía; recogí el chocolate que habían dejado y hallé una nota escondida. Esa noche abrí un expediente de adopción cerrado durante 13 meses… y descubrí por qué aquellas niñas me estaban esperando.

Parte 1

La primera vez que vi a aquellas dos niñas estaban arrodilladas frente a la tumba de mi esposa.

Llovía con fuerza sobre el panteón al norte de la Ciudad de México. Yo había pedido al chofer que me dejara en la entrada porque, desde que Lucía murió, visitarla era la única cosa que todavía hacía sin asistentes, escoltas ni llamadas.

Llevaba lirios blancos. Eran sus favoritos.

Entonces las vi.

La mayor tendría unos 9 años. Estaba limpiando con la manga de su sudadera el barro de la lápida. La pequeña, quizá de 6, dejó un chocolate envuelto en papel aluminio junto al nombre de Lucía.

—Feliz cumpleaños, mami Lucía —susurró.

Me quedé inmóvil.

—¿Quiénes son ustedes?

La mayor se levantó de inmediato y protegió a su hermana con el cuerpo.

—Venimos a verla.

—¿Por qué la llaman mamá?

No respondió.

En ese momento apareció una mujer de unos 40 años. Caminó apresurada entre las tumbas, tomó a la niña mayor del brazo y la jaló con tanta fuerza que la pequeña hizo una mueca.

—¡Les dije que esperaran en la camioneta!

Cuando me reconoció, cambió de expresión.

—Señor Alcázar… qué vergüenza. Soy Verónica, su tía. Las niñas tienen mucha imaginación. Su esposa ayudaba en el albergue donde vivían y desde entonces…

Miré los tenis rotos de la pequeña. Después observé los dedos marcados sobre el brazo de la mayor.

Algo no cuadraba.

Saqué dinero.

—Cómpreles comida y ropa seca.

Los ojos de Verónica se iluminaron antes de que pudiera ocultarlo.

Metió a las niñas en una camioneta vieja. La mayor mantuvo la cara pegada al vidrio mientras se alejaban.

No me quitó los ojos de encima.

Cuando regresé a la tumba encontré el chocolate en el suelo.

Al recogerlo, el envoltorio se abrió.

Dentro había un papel.

“Mami Lucía, por favor, sácanos de aquí.”

Sentí que el aire me faltaba.

Esa noche abrí por primera vez en 13 meses el estudio de mi esposa.

Lucía había dejado pinceles secos, lienzos incompletos y cajas que yo nunca tuve valor de tocar.

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