—¡No tienes ningún derecho a entrar aquí\! —gritó mi exmarido mientras intentaba arrebatarle los documentos de las manos a mi padre.
Pero mi padre no retrocedió.
Se limitó a mirarlo por encima de sus gafas, con una tranquilidad que jamás le había visto.
—Hace siete años, cuando mi hija entró por primera vez en esta casa, tú firmaste un documento. ¿Lo recuerdas?
Mi exmarido se quedó inmóvil.
Mi suegra, que hasta ese momento había estado sonriendo con satisfacción, dejó de sonreír.
Y mi cuñada bajó lentamente el teléfono con el que llevaba varios minutos grabándome.
Yo seguía junto a mis dos maletas, en la entrada de la casa donde había vivido durante siete años. Llevaba el mismo abrigo con el que había salido del juzgado aquella mañana. Tenía los ojos hinchados de llorar y las manos heladas.