—No sé qué está pasando aquí, pero no voy a participar en ningún juego suyo —dije, con la voz temblorosa—. Mi madre está enferma. Necesito el dinero, pero eso no significa que pueda hacer conmigo lo que quiera.
Richard bajó la cabeza.
Por primera vez desde que había entrado en aquella mansión, dejó de parecer un hombre poderoso. Parecía simplemente un anciano aterrorizado.
—Tienes razón, Emily. No tienes que hacer nada que no quieras. La llave está en mi bolsillo. Puedes marcharte cuando lo desees.
Se sacó la llave y la dejó sobre una mesa.
Me quedé desconcertada.
—Entonces, ¿por qué me ha traído aquí?
Richard miró la fotografía boca abajo.
—Porque llevo cuarenta y cinco años esperando encontrar a alguien que tenga tu rostro.
Sentí un escalofrío.
—¿A quién pertenecía esa fotografía?