Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

Creí que aquella noche habíamos cerrado una herida, pero al día siguiente entendí que algunas puertas no se cierran.

Solo se aprenden a cruzar juntos.

La mañana después de aquel 5 de mayo, Rosa estaba más callada de lo normal.

No era un silencio frío.

Era un silencio lleno.

Como cuando alguien ha llorado mucho y ya no le queda fuerza para fingir que no pasa nada.

Yo preparé café.

Ella apareció en la cocina con el pelo recogido de cualquier manera, una bata vieja y los ojos todavía hinchados.

Se sentó en la silla de siempre.

Durante unos minutos no dijimos nada.

Antes, ese silencio me habría asustado.

Habría pensado que estaba pensando en Diego.

Habría buscado una frase torpe para traerla de vuelta.

Pero esa mañana no hice nada.

Solo puse su taza delante de ella.

Rosa la agarró con las dos manos.

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