Parte 2 — La puerta
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
El ruido de la ciudad parecía haberse apagado de repente.
Yo permanecía inmóvil al otro lado de la calle, incapaz de apartar la mirada de aquel rostro que conocía mejor que el mío.
Él me miraba.
No parecía sorprendido.
Eso fue lo que más miedo me dio.
No había confusión en sus ojos. Ni siquiera curiosidad.
Era como si hubiera sabido desde el principio que yo estaba allí.
Como si hubiera estado esperando ese momento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente.
Su voz.
Dios mío.
Su voz era exactamente la misma.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Durante cinco meses había intentado recordar cada detalle de mi marido para no dejar que el tiempo se lo llevara. Había escuchado sus antiguos mensajes de voz hasta aprenderme cada pausa, cada respiración.
Y ahora estaba allí.
Delante de mí.
Vivo.