El vestido verde me llegaba hasta los tobillos. Había planchado la tela con muchísimo cuidado aquella mañana y había cosido un pequeño botón que llevaba semanas a punto de desprenderse. También me había recogido el cabello y me había puesto los únicos zapatos elegantes que tenía, aunque la suela de uno comenzaba a despegarse.
Había hecho todo lo posible.
Pero, al entrar en aquella iglesia, comprendí que mis mejores esfuerzos no podían ocultar los años de pobreza que llevaba encima.
Vi a una mujer susurrarle algo a su marido mientras me miraba de reojo.
Un hombre de traje oscuro observó mis zapatos y después apartó la vista.
Quizá nadie pretendía hacerme daño. Quizá solo estaban sorprendidos de ver a una mujer vestida de aquella manera en una boda tan elegante.