PARTE 2 — LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Al otro lado de la puerta del despacho estaba un hombre de unos sesenta años, vestido con un impecable traje gris oscuro.

Llevaba un maletín de cuero en una mano y una carpeta azul en la otra.

Mi madre palideció inmediatamente.

—¿Usted? —susurró.

El hombre la observó con una tranquilidad inquietante.

—Buenos días, señora Bennett. Ha pasado mucho tiempo.

Mi padre apareció detrás de ella.

Cuando vio al desconocido, su expresión también cambió.

—¿Qué está haciendo aquí?

El hombre sonrió ligeramente.

—Cumpliendo la última voluntad de su padre.

Yo permanecí junto a la escalera, en silencio.

Conocía perfectamente a aquel hombre.

Era Samuel Harrison, el abogado del abuelo.

Durante años había venido a nuestra casa los primeros viernes de cada mes. Siempre llevaba documentos para revisar con el abuelo y una pequeña caja de chocolates para mí.

Pero nunca había comprendido por qué el abuelo necesitaba tantas reuniones con un abogado.

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