Mi padre levantó la cabeza cuando escuchó mi voz.
Tenía los ojos enrojecidos y parecía haber envejecido diez años desde la última vez que lo había visto.
—Sarah… —susurró.
Me acerqué a él, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando? ¿Qué significa ese análisis? ¿Qué me pusiste en la bebida?
Mi padre cerró los ojos.
Durante unos segundos pensé que iba a negarlo todo. Que me diría que estaba imaginando cosas, que el médico se había equivocado y que aquella cena no había significado nada.
Pero entonces se echó a llorar.
—No te puse nada en la bebida, cariño. Te lo juro por la memoria de tu madre.
Retrocedí un paso.
—Entonces, ¿por qué te comportaste de esa manera? ¿Por qué me dijiste que no me asustara si ocurría algo inesperado?
Mi padre se cubrió la cara con las manos.