David regresó a la propiedad después de recibir el alta, metió la llave en la cerradura con la seguridad de quien esperaba recuperar exactamente la misma vida que había dejado antes de la cirugía y, al abrir la puerta, se quedó inmóvil.
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La casa seguía ahí.
Lo que ya no estaba era la familia acomodada en el lugar que él había decidido asignarle.
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No escuchó las voces de los gemelos, no me encontró esperando su regreso y tampoco encontró a una mujer debilitada por la operación dispuesta a preguntarle cómo se sentía después de haber recibido el 60% de mi hígado.
Durante semanas, David había contado con una sola ventaja: creía que yo seguía ignorando su conversación con Jessica.
Creía que aquella cortina del hospital había sido suficiente para mantenerme fuera de su plan.
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