Diego caminó hacia el bote de basura de la cocina.
Entre servilletas grasosas, cajas de pizza y vasos desechables, vio un papel roto.
Lo sacó.
Había sido rasgado en varios pedazos, pero reconoció de inmediato el logo de la clínica donde Lucía llevaba su embarazo.
Sus manos se tensaron mientras unía las hojas.
Era una indicación médica.
“Paciente con embarazo de alto riesgo. Evitar esfuerzos físicos, permanecer en reposo relativo y acudir a urgencias ante dolor intenso, sangrado o contracciones frecuentes.”
Abajo estaba el nombre de Lucía.
Y una fecha de tres semanas antes.
Diego sintió que el cuerpo se le helaba.
—¿Quién tiró esto? —preguntó.
Nadie respondió.
—¡¿Quién tiró esto?! —repitió, esta vez con una voz que hizo que sus hermanas se pusieran de pie.
Doña Carmen apartó la mirada.
—Ay, Diego, no hagas un drama. Esas cosas las mandan los doctores para asustar a las mujeres.
—¿Lucía te enseñó esto?
Su madre no respondió.
Diego entendió.
—¿Y aun así la pusiste a cocinar, trapear y lavar todo lo que ustedes ensuciaban?
—No la puse a hacer nada —dijo doña Carmen—. Ella sola quería quedar bien.
Brenda soltó una risa nerviosa.
—Además, ni que fuera de cristal. Todas las mujeres embarazadas hacen cosas.
Diego miró la hoja rota entre sus manos.
Luego miró a su familia.
Durante años había pagado todo creyendo que eso era cuidar de ellos.
Pero esa noche entendió que dar dinero sin límites no era amor.
Era permitir que otros olvidaran la gratitud, la responsabilidad y la compasión.
Desde arriba se escuchó un grito.
—¡Diego!
Era Lucía.
Él soltó el papel y subió las escaleras corriendo.
La encontró sentada en el borde de la cama, doblada hacia delante, con la cara blanca.
—Me duele otra vez —susurró—. Y no se me quita.
No discutió.
No esperó.
La tomó de la mano, recogió una bolsa con sus documentos y la llevó directo al hospital.
Las siguientes horas fueron las más largas de su vida.
En urgencias, los médicos revisaron a Lucía mientras Diego caminaba de un lado a otro por el pasillo. Cada vez que se abría una puerta, levantaba la cabeza esperando una respuesta.
Finalmente, una doctora salió.
—Su esposa está estable —dijo—, pero estaba teniendo contracciones y signos de agotamiento severo. Necesita reposo estricto y mucho menos estrés.
Diego cerró los ojos.
—¿El bebé está bien?
—Por ahora, sí. Pero tienen que tomarse esto en serio.
Por ahora.
Esas dos palabras se clavaron en él.
Cuando pudo entrar, Lucía estaba acostada con una mano sobre el vientre.
Al verlo, intentó sonreír.
—Perdón —dijo—. No quería preocuparte.
Diego se sentó junto a ella.
—No vuelvas a pedirme perdón por necesitar descanso.
Ella parpadeó.
—Tu mamá…
—Mi mamá ya no decide sobre nuestra vida.
Lucía lo miró, insegura.
—Pero es tu familia.
Diego tomó su mano.