—Ellie —dije, forzando una sonrisa—. ¿Puedes venir un momento adentro conmigo?
Mi mejor amiga dejó de reírse.
Will seguía señalando, feliz, sin entender que algo había cambiado.
—Ahí está papá —repitió—. Está con la tía Ellie.
Ellie miró hacia mi hijo.
Luego bajó la mirada hacia su vientre.
Llevaba un vestido holgado de flores. Hasta ese momento, yo no había notado nada extraño. Solo pensé que había subido un poco de peso, que quizá la tela le quedaba diferente.
Pero Will no señalaba su bolso.
No señalaba su teléfono.
Señalaba su barriga.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Ellie se puso pálida.
—Claro —dijo—. Vamos adentro.
La llevé a la cocina.
Cerré la puerta.
Por unos segundos, solo se escuchaba el ruido lejano de la música y las risas de los invitados en el patio.
Ellie se quedó de pie junto a la mesa, retorciendo sus dedos.
—¿Estás embarazada? —pregunté.
Ella no respondió.
—Ellie.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Sentí que me faltaba el suelo bajo los pies.
—¿Y Will dice que “papá está ahí” porque…?
Ella cerró los ojos.
Ese gesto fue suficiente.
—No —susurré—. No me digas que es de Daniel.
Ellie comenzó a llorar.
—Lo siento.
No grité.
No al principio.
Me quedé mirándola, esperando que dijera que era una broma horrible. Que Will había escuchado algo mal. Que el embarazo era de otra persona.
Pero mi mejor amiga no podía mirarme a los ojos.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—No fue planeado.
—¿Desde cuándo, Ellie?
—Hace cuatro meses.
Cuatro meses.
Cuatro meses de cenas compartidas. Mensajes diarios. Excusas de Daniel para llegar tarde. Momentos en que Ellie decía que no podía vernos porque tenía “mucho trabajo”.
Cuatro meses de una mentira construida alrededor de mí.
—¿Daniel lo sabe?
Ella asintió.
—Quería decírtelo.
Solté una risa seca.
—Pero no lo hizo.
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué? ¿De perderme? Me perdiste en el momento en que decidiste acostarte con mi esposo.
Ellie se llevó una mano a la boca.
—Yo no quería que ocurriera.
—Pero ocurrió.
—Sí.
—¿Y qué querían hacer? ¿Esperar a que naciera el bebé? ¿Esperar a que yo felicitara a mi mejor amiga por tener el hijo de mi marido?
Ellie bajó la cabeza.
No respondió.
Y ese silencio me hizo entender que quizá no tenían ningún plan.
O que su plan era seguir mintiendo hasta que ya no fuera posible.
Salí de la cocina sin llorar.
Daniel estaba en el patio, rodeado de amigos, abriendo regalos y sonriendo frente a un pastel con cuarenta velas.
Lo observé durante unos segundos.
Era el hombre con quien había compartido catorce años de mi vida. El padre de mi hijo. La persona que conocía mis miedos, mis sueños y las historias de mi infancia.
También era el hombre que había traicionado todo eso con la única persona a la que yo llamaba hermana.
Me acerqué.
—Daniel, necesitamos hablar.
Su sonrisa se apagó de inmediato.