La doctora Salinas miró a Diego.
Luego miró a Paola.
Después volvió a observar la pantalla.
—Señor Diego —dijo con calma—, antes de volver a acusar a su esposa, necesito explicarle algo importante.
Diego cruzó los brazos.
—No hay nada que explicar. Me hice una vasectomía hace dos meses.
La doctora no se alteró.
—Una vasectomía no produce esterilidad inmediata. Y, además, las mediciones del embarazo indican que este bebé tiene aproximadamente diecisiete semanas.
El café se me revolvió en el estómago.
—¿Diecisiete? —pregunté.
La doctora asintió.
—El embarazo comenzó antes de la fecha que usted menciona para la cirugía. De hecho, por las medidas, la concepción ocurrió varias semanas antes de esa vasectomía.
El silencio en la sala fue absoluto.
Diego dejó de moverse.
Paola se quedó inmóvil junto a la puerta.
—Eso no prueba que sea mío —dijo él finalmente, pero su voz ya no tenía la seguridad de antes.
—No —respondió la doctora—. La paternidad se determina con una prueba genética, no con un ultrasonido. Pero sí prueba que la cronología que usted ha usado para acusar a su esposa no tiene sentido.
Miré la pantalla.
Mi bebé se movía, ajeno a los gritos, a la vergüenza y a la crueldad de los adultos.
Diecisiete semanas.
Diecisiete semanas atrás, Diego y yo todavía dormíamos en la misma cama. Aún me decía que me amaba. Aún hablábamos de viajar, ahorrar y quizá tener hijos “algún día”.
La vasectomía no había sido la razón de su partida.
Solo había sido una excusa.
—Laura —dijo Diego, acercándose—. Podemos hablar de esto.
Levanté una mano.
—No.
Paola tragó saliva.
—Diego… tú dijiste que ella estaba mintiendo.
Él giró hacia ella con fastidio.
—No empieces.
—Me dijiste que no podían tener hijos. Me dijiste que ella te engañó.
Diego no respondió.
Y en esa ausencia de palabras entendí algo aún peor.
No solo había querido abandonarme.
Había necesitado convertir mi embarazo en una mentira para justificar su propia traición.
La doctora Salinas llamó a una enfermera y pidió que los dos salieran para poder terminar mi cita con privacidad.
Diego se resistió.
—Ella es mi esposa.
—Y ella es mi paciente —respondió la doctora—. Si no se retira, llamaré a seguridad.
Por primera vez desde que lo conocía, Diego pareció pequeño.