Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”
Desperté con mi bebé llorando y varias personas mirándome como si hubiera cometido algo imperdonable.
Antes de entender qué estaba pasando, mi propia mamá se acercó, me dio una bofetada y me susurró:
—¿Cómo pudiste hacernos esto?
Intenté incorporarme, pero el dolor del parto me obligó a recostarme otra vez.
—¿De qué están hablando?
Entonces miré la cunita.
Sentí que se me detenía el corazón.
La cara, los brazos y hasta los pequeños dedos de mi hijo estaban cubiertos por una sustancia negra. La sábana del hospital también estaba manchada.
Mi suegra, Leticia, permanecía junto a él con los brazos cruzados.
—Que nadie lo limpie —ordenó—. Mauricio tiene derecho a ver cómo nació realmente su hijo.