PARTE 1
—No me deje en el camino, señor. Con que me permita dormir esta noche en su corredor me basta.
La mujer apareció poco antes de las 11, subiendo a pie por el camino de terracería que atravesaba mi cafetal en la Sierra Norte de Puebla. Jalaba un burro canelo cargado con 2 costales, un petate y una maleta vieja. Mi perro, Centella, salió de debajo de la banca. Era desconfiado hasta con los vecinos, pero en vez de ladrarle, le olió la mano y se quedó junto a ella.
Yo llevaba 3 años viudo y 3 años dejando prendida la lámpara del corredor. Mi esposa, Elena, decía que una casa con luz parecía decirle al caminante que todavía había alguien despierto. Desde que ella murió, yo ya ni sabía para quién la encendía.
—¿De quién viene huyendo? —pregunté.
La mujer apretó la cuerda del burro.