PARTE 1
A Mariana le faltaban pocas semanas para conocer a su bebé.
Tenía 34 semanas de embarazo, los pies hinchados, la espalda partida y una niña que parecía bailar jarabe tapatío dentro de sus costillas cada madrugada.
Vivía con su esposo, Diego, en un departamento pequeño en Iztapalapa, en un tercer piso sin elevador.
Era uno de esos lugares donde se escuchaba cuando el vecino abría una lata, cuando alguien peleaba en la calle y hasta cuando pasaba el camión de la basura antes del amanecer.
Antes, Diego decía que el departamento era “chiquito, pero nuestro”.
Ahora decía que era un infierno.
Desde que Mariana entró a incapacidad por maternidad, Diego cambió.
Se quejaba de la luz, del gasto del súper, de los antojos, de las almohadas que ella necesitaba para dormir y, sobre todo, de que se levantara cada rato al baño.
—No manches, Mariana, otra vez —gruñía él, tapándose la cara con la sábana.
Ella pedía perdón aunque no tuviera la culpa.
Pedía perdón por caminar lento.
Por respirar fuerte.
Por llorar en silencio cuando el dolor no la dejaba acomodarse.
Una noche, a las 3:12 de la mañana, Mariana se sentó en la orilla de la cama, abrazándose la panza.
La bebé pateó fuerte.
Diego se incorporó de golpe, furioso.
—Ya estuvo. No puedo seguir así.
Mariana lo miró en la oscuridad.
—Perdón… es que me duele mucho la espalda.
Diego prendió la lámpara, se levantó y fue hasta la mesita donde estaban las llaves del coche.
Regresó y se las aventó sobre la colcha.
—Entonces duérmete abajo.
Mariana pensó que había entendido mal.
—¿Abajo dónde?
—En el coche. Los asientos se reclinan.
Ella se quedó helada.
—Diego, estoy embarazada de 8 meses.
—¿Y? —contestó él, frío—. Yo pago la renta. Yo tengo que trabajar mañana. Tú estás en casa todo el día. No te vas a morir por dormir unas noches en el carro.
Mariana sintió que algo se le rompía por dentro.
No gritó.
No discutió.
Estaba demasiado cansada y demasiado avergonzada de necesitar tanto.
Tomó su almohada de embarazo, se puso unas sandalias y bajó los 3 pisos lentamente, agarrándose del barandal como una viejita.
El estacionamiento estaba frío.
El coche olía a polvo, a plástico caliente y a soledad.
Se acomodó en el asiento trasero como pudo, con la hebilla del cinturón clavándosele en la cadera y la panza apretada contra la puerta.
Pensó que Diego se disculparía al día siguiente.
Pero a las 6:30 recibió un mensaje.
“Ya puedes subir.”
Nada más.
Ni “perdón”.
Ni “¿cómo estás?”.
Ni “¿dormiste algo?”.
Solo permiso para volver a su propia casa.
Y así empezó la rutina.
Cada noche, Mariana bajaba con su almohada, una cobija y una botella de agua.
Cada mañana, esperaba el mensaje de Diego para subir.
Aprendió qué escalón rechinaba.
Qué vecino salía a trabajar a las 5:00.
Qué patrulla daba vueltas sin detenerse.
Y también aprendió a tragarse el llanto para que nadie la viera.
No se lo contó a su mamá en Puebla.
No se lo contó a sus amigas.
Ni siquiera a la doctora, que le advirtió que su presión estaba subiendo y que necesitaba descansar.
—Estoy durmiendo bien —mintió Mariana.
Pero el viernes todo cambió.
Eran casi las 2:00 de la mañana cuando unas luces iluminaron el parabrisas.
Una camioneta gris se estacionó junto al coche.
Alguien tocó suavemente la ventana.
Mariana abrió los ojos, asustada.
Afuera estaba doña Teresa, su suegra, en bata, chanclas y con la cara pálida.
—¿Mariana? —susurró—. ¿Qué haces durmiendo aquí?
Mariana intentó responder, pero se quebró.
Lloró como llevaba semanas aguantándose.
Le contó todo.
Las llaves aventadas.
Los mensajes.
Los 3 pisos.
El frío.
La vergüenza de sentirse como un estorbo en su propia casa.
Doña Teresa no dijo nada durante unos segundos.
Solo miró la panza de Mariana, luego el edificio, luego otra vez a su nuera.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dios mío… yo no crié a mi hijo para esta porquería.
La ayudó a salir del coche, le puso su propio suéter sobre los hombros y caminó hacia la camioneta.
—Espérame aquí tantito.
Regresó 15 minutos después con un paquete largo, envuelto en papel estraza y amarrado con mecate.
—Sube conmigo —dijo con una calma que daba miedo—. Esta noche Diego va a aprender algo que jamás se le va a olvidar.
PARTE 2
Mariana no quería subir.