Esa noche no dormí.
Me quedé sentada al borde de mi cama, mirando la pared, mientras las palabras de mi madre se repetían una y otra vez en mi cabeza.
«Mi hija mayor tendrá que firmar, quiera o no».
¿Cómo podía alguien que me había criado pensar que tenía derecho a obligarme a entregar el fruto de cinco años de trabajo?
A las seis de la mañana tomé una decisión.
No iba a gritar. No iba a llorar delante de ellos. Y, sobre todo, no iba a permitir que me arrebataran lo que era mío.
Me levanté, preparé café y comencé a empacar.
Metí mi ropa en cuatro bolsas grandes, guardé mis documentos personales en una mochila y envolví cuidadosamente una fotografía de mi abuela Carmen, la única persona de mi familia que siempre me había dicho que no necesitaba ganarme el amor de nadie sacrificándome por los demás.