PARTE 2: La noche en que Vivian dejó de esconderse

Pero también era una mujer que había aprendido a marcharse.

Y esa era la parte de mi historia que más orgullosa me hacía sentir.

Al día siguiente recibí una carta de Preston.

Solo contenía tres líneas.

«Ahora comprendo lo que hiciste por mí aquella noche. Nunca podré compensarte. Espero que algún día puedas perdonarme».

La leí dos veces.

Después doblé el papel y lo guardé en un cajón.

No necesitaba contestar.

El perdón, si algún día llegaba, sería una decisión mía. No una deuda que tuviera que pagarle por haberme mantenido a su lado.

Me acerqué a la ventana.

Manhattan brillaba bajo el sol de la mañana.

Por primera vez, no me pregunté qué pensaría Preston si me viera.

Me pregunté qué quería hacer yo.

Y esa pregunta abrió una puerta que llevaba cinco años cerrada.

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