—Le diste de comer a mi hijo.
La voz del desconocido era profunda, tranquila y peligrosamente fría.
Levanté la mirada hacia el hombre que acababa de entrar en mi restaurante.
Era alto, de hombros anchos, cabello negro y ojos grises idénticos a los del pequeño Misha. Su abrigo parecía costar más que todo mi mobiliario, y detrás de él permanecían tres hombres vestidos de negro.
Pero lo que más me sorprendió no fue su apariencia.
Fue la manera en que sus ojos cambiaron cuando miró al niño.
—¡Papá!
Misha saltó de la silla y corrió hacia él.
El hombre se arrodilló inmediatamente y lo estrechó contra su pecho.
—Mikhail, Dios mío…
Su voz se quebró.
—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?
El pequeño negó con la cabeza.
—Estoy bien, papá. La señora me dio comida.
El hombre cerró los ojos durante unos segundos.