Tenía sesenta y tres años cuando mi único hijo me propuso por primera vez que me mudara a una residencia de ancianos.
— Mamá, allí estarás más tranquila —decía Máximo. —Tendrás médicos, buena comida y gente de tu edad. Y yo, mientras tanto, me encargaré de la casa.
En aquel momento ni siquiera imaginé que detrás de esas palabras pudiera esconderse un plan completamente diferente.
Tras la muerte de mi marido, me quedé sola en la gran casa que antaño había pertenecido a mis padres. Junto con Máximo habíamos vivido en ella casi toda su vida.
La casa no era lujosa, pero era espaciosa: tres habitaciones, una gran cocina, un viejo jardín y una veranda donde mi marido pintaba cada verano las barandillas de madera.
Para mí no era simplemente una casa.
Era toda mi vida.
Al principio, me tomaba con calma las conversaciones de Máximo sobre la residencia de ancianos.
— Es muy pesado para ti sola —repetía. —Yo trabajo, tengo una familia. No puedo estar viniendo a verte todo el tiempo.
No discutía con él.
Máximo estaba realmente ocupado. Por eso, cuando un día llegó con una mujer que se presentó como empleada de una residencia privada, pensé que mi hijo realmente se preocupaba por mí.
— Solo por unos meses, mamá —dijo. —Descansarás, y mientras tanto yo arreglaré un poco la casa.
— ¿Y para qué arreglarla?
Máximo guardó silencio durante unos segundos.
— Bueno… ya te lo explicaré más tarde.
Fue entonces cuando sentí por primera vez inquietud.
A pesar de todo, acepté.
Una semana después, Máximo me llevó a una residencia privada en el otro extremo de la ciudad.
La habitación estaba limpia. Las enfermeras me trataban bien. No ocurría nada terrible allí.
Pero al cabo de unos días comprendí una cosa: Máximo no tenía ninguna intención de venir a buscarme en unos meses.
Primero llamaba todas las noches.
Luego cada dos días.
Al cabo de una semana, dejó de llamar por completo.
Intenté contactar con él yo misma, pero el teléfono de mi hijo estuvo varias veces incomunicado.
— Seguro que está ocupado —me convencía a mí misma.
Una mañana, durante el desayuno, se acercó a mí la enfermera Elena.