Gideon Ashford no era un hombre que desperdiciara palabras.
Cuando me pidió que me sentara, obedecí. La carpeta que había arrojado sobre la mesa contenía documentos financieros, correos electrónicos y fotografías que jamás habría imaginado ver.
En la primera página aparecía el nombre de mi marido.
PRESTON WHITMORE.
—¿Qué es todo esto? —pregunté, aunque una parte de mí ya temía conocer la respuesta.
Gideon entrelazó los dedos y me miró fijamente.
—Tu marido lleva dieciocho meses desviando dinero de su empresa mediante proveedores ficticios. Está utilizando tu firma digital para autorizar transferencias que tú nunca aprobaste.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Eso es imposible. Preston jamás tuvo acceso a mis claves personales.
Gideon deslizó otro documento hacia mí.
—Entonces tendrás que explicarme por qué hay transferencias autorizadas desde un dispositivo registrado a su nombre.
Miré las cifras. Millones de dólares habían desaparecido de las cuentas de la empresa. Algunas operaciones estaban vinculadas a sociedades registradas a nombre de Cassidy Vaughn.