La música seguía sonando. Había botellas vacías en la terraza, platos amontonados en la cocina y toallas húmedas sobre los muebles que yo había comprado con tanto cariño.
Paola estaba sentada con su hermana, revisando fotografías en el teléfono.
—¿Dónde estabas? —le preguntó ella cuando lo vio entrar—. Tu madre se fue a hacer su numerito y ahora me toca aguantar tus caras largas.
Roberto miró alrededor.
—¿Qué pasó con la cocina?
—Nada. Cocinamos para todos.
—¿Y el sillón?
—¿Qué tiene el sillón?
Él señaló una mancha oscura en uno de los cojines.
Paola hizo un gesto de fastidio.
—Ay, por favor. Es una casa de playa. Las cosas se ensucian.
Roberto avanzó hacia el pasillo.
Entonces vio la fotografía de sus padres, la que siempre había estado sobre una pequeña mesa de madera. Estaba tirada en el suelo, con el cristal roto.