LA VENGANZA DE ELENA: EL PRECIO DE HUMILLAR A LA DUEÑA DE LA CASA
Cuando llegué al mirador, estacioné el coche frente al mar y apagué el motor.
Me quedé unos segundos mirando las olas. Tenía las manos frías, aunque la tarde todavía conservaba el calor del verano.
No estaba llorando.
Y eso, de alguna manera, me sorprendió.
Durante años había creído que el peor dolor que podía experimentar una madre era perder a su esposo. Pero aquel viernes acababa de descubrir que existía otra clase de dolor: ver cómo tu propio hijo permitía que alguien te tratara como si no valieras nada.
Saqué mi teléfono del bolso.
Busqué un número que llevaba meses guardado entre mis contactos.
Y llamé.
—Buenas tardes, licenciado Ramírez. Soy Elena Morales. Necesito que me ayude con un asunto relacionado con mi propiedad de Tecolutla.