A la mañana siguiente, Verónica me llamó por primera vez desde la cena, y bastaron sus primeras palabras para dejar claro que no quería saber cómo estaba Sofía.
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—¿Qué hiciste con lo de la casa?
No preguntó por el hombro de su sobrina.
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No preguntó si había dormido.
No preguntó si seguía asustada después de que nuestra madre la jalara del cabello y la hiciera caer frente a veintidós personas.
Preguntó por la casa.
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Miré hacia la sala, donde Sofía estaba sentada en el piso con su conejo de peluche entre los brazos mientras Andrés le ayudaba a construir una torre con bloques de madera.
Movía el hombro con cuidado, pero aquella mañana ya no lloraba cuando levantaba el brazo.
—No hice nada —respondí.
Verónica soltó el aire con fuerza.
—No me vengas con eso, Mariana. Mamá recibió una llamada temprano. Hay un pago que no aparece como esperaba y está histérica.