Durante cuarenta años viví con una pregunta sin respuesta: ¿por qué mi hermana gemela se marchó y nunca regresó? Entonces, mi nieta trajo a casa algo que no había visto desde 1986. Pensé que aquello explicaría la desaparición de Laura, pero en su lugar me obligó a cuestionar todo lo que mi familia me había contado.
El plato se me resbaló de la mano antes de que me diera cuenta de que había dejado de sostenerlo.
Se hizo añicos contra el suelo de la cocina.
—¡Abuela!
Sophie, mi nieta de ocho años, dio un salto hacia atrás.
Lana color crema. Un enorme girasol amarillo y un pétalo marrón.
—Quítatelo.
Sophie parpadeó.
—¿Qué?
Su sonrisa desapareció.
—Pero me lo dio Dolly.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Quién es Dolly?
Me agaché a su lado.
—¿Te pidió Dolly que fueras a algún sitio o que guardaras el secreto?
—No. Me lo dio en el pasillo porque tenía frío. Mi profesora estaba allí mismo.
Aquello me tranquilizó.
Sophie se quitó el suéter.
—¿He hecho algo malo?
—No, cariño.
Le di la vuelta al cuello.
Allí, bordadas con hilo rojo desteñido, había dos iniciales.
LM
Mis manos empezaron a temblar.
***
En 1986, mi hermana gemela, Laura, y yo cumplimos dieciséis años.
Mamá, Annette, había pasado meses tejiendo nuestros suéteres de cumpleaños. El mío tenía margaritas. El de Laura tenía un girasol gigante con un pétalo marrón que había salido así por error.
Mamá se ofreció a repetirlo.
Laura se rió.
Yo le lancé una zanahoria pequeña.
Aquella noche, la casa estaba llena de familiares; papá asaba hamburguesas y Laura robaba glaseado del pastel.
Alrededor de las nueve, le dio un beso en la mejilla a mamá y se dirigió hacia la puerta.
—Voy a salir a tomar un poco de aire fresco. ¡Guárdame otro trozo de pastel!
Laura nunca regresó.
No hubo nota, ni maleta faltante, ni llamada, ni suéter de girasol. Durante años, cualquier llamada a altas horas de la noche me hacía dar un vuelco al corazón.
Mamá siguió buscando hasta el día en que murió.