Parte 2: El rostro de la corrupción
El sargento Tom Davis miró fijamente a Sarah, con una mueca cruel en el rostro. Observó su sencillo vestido rojo, descartándola por completo como una civil indefensa más que intentaba hacerse la heroína.
—Métete en tus asuntos, señora —espetó Tom, acercándose para intimidarla—. No tienes ni idea de con quién estás hablando. Este es mi territorio, y mi palabra se cumple. Vuelve al taxi antes de que te arreste por obstaculizar una investigación policial.
—¿Una investigación? —preguntó Sarah con voz tranquila pero gélida—. Extorsionar a un ciudadano trabajador no es una investigación, sargento. Es un delito grave. Se lo pido una vez más: devuélvale sus documentos y déjelo ir.
Tom soltó una carcajada sonora, haciendo una señal a sus dos oficiales subordinados. «Miren esto, muchachos. Aquí tenemos a una activista de la justicia social. Te diré una cosa, bella señorita… ya que quieres meter las narices donde no te incumbe, ¿por qué no pagas su multa? Mejor aún, pueden venir los dos a la comisaría. A ver qué tan valientes son en una celda de detención».
Mike, el conductor, temblaba incontrolablemente y le susurraba a Sarah: «¡Por favor, señora, no lo provoque! ¡Nos arruinará a los dos!».
Pero Sarah no se movió ni un centímetro. En cambio, metió la mano en su pequeño bolso.
Parte 2: El rostro de la corrupción
El sargento Tom Davis miró fijamente a Sarah, con una mueca cruel en el rostro. Observó su sencillo vestido rojo, descartándola por completo como una civil indefensa más que intentaba hacerse la heroína.
—Métete en tus asuntos, señora —espetó Tom, acercándose para intimidarla—. No tienes ni idea de con quién estás hablando. Este es mi territorio, y mi palabra se cumple. Vuelve al taxi antes de que te arreste por obstaculizar una investigación policial.