No era una fotografía.
Era un sobre de mensajería.
Mi nombre estaba impreso en letras negras.
Damon Prescott.
Debajo había una dirección que ya no usaba desde hacía tres años: el departamento donde Cassandra y yo vivimos antes de que mi empresa empezara a devorarme la vida.
—Te lo envié cuando tenía once semanas —dijo ella, con la voz rota—. Luego envié otro. Y otro.
Luke apoyó la cabeza en su hombro sin entender.
Cassandra abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta.
Una ecografía pequeña.
Y una hoja de devolución con un sello rojo.
“Rechazado por oficina corporativa.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Yo nunca vi esto.
—Lo sé —susurró Cassandra—. Al principio pensé que no querías responder. Después alguien de tu empresa me llamó.
El ruido del avión volvió de golpe, demasiado fuerte.
—¿Quién?
Ella tragó saliva.
—Tu asistente ejecutiva. Me dijo que si volvía a contactarte, tu equipo legal pediría una orden de restricción.
La mujer mayor al otro lado del pasillo se llevó una mano a la boca.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo, aunque seguía en modo avión conectado al Wi-Fi del vuelo.
Un mensaje entrante apareció en la pantalla.
Era de mi oficina.
“No hables con Cassandra en el avión. No firmes nada hasta Denver.”
Levanté la vista.
Cassandra vio mi cara cambiar.
—Damon… ¿qué pasa?
Miré hacia primera clase.
Y por primera vez entendí que alguien había sabido de mis hijos antes que yo.