Me quedé arrodillada junto a la cama, incapaz de apartar la mirada de aquella cicatriz.
Era una pequeña marca con forma de media luna, atravesada por una línea fina. La tenía en el mismo lugar desde que era bebé.
Mi madre siempre me había contado que había nacido con ella y que, cuando yo tenía apenas tres años, un terrible accidente había cambiado nuestras vidas para siempre.
Según su versión, mi padre había muerto aquella noche en un incendio. Yo había sobrevivido milagrosamente, pero sufrí un golpe en la cabeza y pasé varios días en el hospital.
Después de aquello, mi madre nunca volvió a hablar de lo sucedido.
Cada vez que le preguntaba por mi padre, se echaba a llorar y me decía:
—Hay heridas que es mejor dejar cerradas, hija mía.
Con el tiempo, aprendí a no insistir.