Aplastado por una deuda asfixiante de 186.000 libras egipcias y con los intereses bancarios pisándole los talones, Omar tomó el primer transporte desde el caos de El Cairo hacia el oasis rural de Fayum.
Su tío, un hombre solitario que no veía desde hacía años, acababa de fallecer dejándole como única herencia una vieja granja que todos en la familia daban por perdida. Para Omar, la meta era rápida y sin complicaciones: llegar, tasar el terreno a precio de remate, firmar la venta antes del fin de semana y regresar a la capital con el dinero suficiente para liquidar a sus acreedores antes de que lo demandaran.
Sin embargo, el panorama al cruzar la cancela de madera rota distaba mucho del abandono total que esperaba.
El patio de tierra estaba barrido y dos hileras de hortalizas crecían junto a los muros de adobe. Antes de que pudiera tocar a la puerta principal, una mujer salió sosteniendo un cubo de metal con las manos agrietadas por el trabajo rudo. Era Salma, de 31 años, vestida con la saya tradicional oscura del luto.
Llevaba tres años viviendo sola en la propiedad, cuidando cada metro cuadrado desde la mañana en que su esposo perdió la vida en un accidente laboral.
Omar, sorprendido, le explicó su parentesco y su intención original. Pero al escuchar la voz quebrada de la joven viuda, al mirar el esfuerzo titánico que había dedicado para que la granja no se convirtiera en un erial de polvo, la culpa lo golpeó con fuerza.
—No voy a echarte —dijo Omar, bajando la vista—. Quédate con la granja, Salma. Yo buscaré otra forma de lidiar con mis deudas en la ciudad.
Pero Salma no celebró sus palabras; palideció.
—No lo entiendes, Omar —respondió ella en un susurro cargado de angustia—. No puedes simplemente dejarme aquí. Hay algo en esta tierra que tú todavía no sabes.
Lo tomó de la manga y lo guio a paso rápido hacia el extremo oriental del terreno, donde un colosal sicómoro proyectaba una sombra espesa sobre una estructura de piedra caliza: el antiguo pozo comunal.
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