Consiste en no necesitar que esas personas reconozcan tu valor para saber que lo tienes.
Y cuando aquella mañana la jueza pronunció mi nombre completo, la familia Salazar descubrió quién era yo.
Pero yo descubrí algo mucho más importante.
No necesitaba ser Valeria Montenegro, heredera de un gran patrimonio, para merecer respeto. Me lo merecía desde el primer día, incluso cuando ellos creían que no tenía nada.
Y esa fue la última lección que les dejé.
FIN.