—Que pase la señora Valeria Elena Montenegro de Alvarado.
La voz de la secretaria resonó en la sala.
Mi suegra dejó de sonreír.
Mi esposo levantó la cabeza de golpe.
Y el abogado que los acompañaba, un hombre que hasta ese momento había estado revisando los documentos con absoluta tranquilidad, cerró lentamente su carpeta.
—¿Montenegro de Alvarado? —repitió Rebeca Salazar—. ¿Por qué la llaman así? ¡Ella es Valeria Salazar, la esposa de mi hijo\!
La jueza levantó la mirada.
—Señora, le agradecería que mantuviera el orden. Estamos en un juzgado.
Mi suegra cerró la boca, aunque su expresión dejaba claro que no estaba acostumbrada a que nadie la hiciera callar.
Yo permanecí sentada, con las manos cruzadas sobre las piernas.
No tenía miedo.
No tenía nada que demostrar.
Y, sobre todo, ya no tenía ninguna razón para proteger a las personas que habían pasado tres años intentando convencerme de que no valía nada.