Cuando Mercedes sacó aquel sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa, Javier dejó de intentar convencerme de que regresáramos a casa.
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Por primera vez desde que había comenzado la cena, los dos parecían más preocupados por lo que yo podía descubrir que por el espectáculo que estábamos dando.
Andrés seguía a unos pasos, con el comprobante del restaurante en la mano, mientras yo mantenía abierta en mi teléfono la notificación de la transferencia por $86,400 pesos.
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—Dame el sobre, Mercedes.
Mi suegra apoyó una mano encima.
—No tienes que reaccionar así.
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—Entonces no debería haber ningún problema en que lo vea.
Javier se inclinó hacia ella.
—Mamá, guárdalo.
Eso fue suficiente.
Hasta ese momento todavía existía una pequeña parte de mí buscando una explicación que no destruyera por completo los cuatro años de matrimonio que llevaba encima.