—Señor Rivers… Claire falleció hace ocho meses.
Aquellas palabras me atravesaron como una cuchilla.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No… —murmuré—. Eso no puede ser verdad.
La directora del hogar, Margaret Wilson, bajó la mirada.
—Tenía una enfermedad cardíaca. Luchó durante casi dos años, pero su corazón finalmente dejó de resistir.
Miré a Emma.
Mi hija.
La pequeña que seguía aferrada a mi mano sin comprender por qué los adultos lloraban.
—¿Mamá está en el cielo, verdad? —preguntó inocentemente—. Me dijo que desde allí podría verme cuando encontrara a papá.
Me arrodillé y la abracé.
Por primera vez en muchos años, lloré sin preocuparme de quién pudiera verme.
—Perdóname, pequeña —susurré—. Perdóname por tardar tanto.
Emma acarició mi mejilla.
—No llores, papá. Mamá decía que los abrazos arreglan los corazones tristes.
Aquellas palabras me destrozaron.