—¿Entonces mi estrategia no sirvió de nada?
—No exactamente.
Él le acarició los nudillos.
—Me enseñaste algo que nunca había entendido. Que no quería enamorarme de la mujer que alguien intentara convencerme de que debía elegir. Quería enamorarme de la mujer que estaba sentada frente a mí.
Lucía sintió que los ojos se le humedecían.
—Eres bastante bueno con las palabras para ser un hombre que casi se cae bailando en su propia boda.
—Tengo muchas cualidades.
—La modestia no es una de ellas.
Alejandro sonrió y la besó en la frente.
—Te amo, Lucía Herrera.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Yo también te amo, Alejandro Rivera.
Y mientras el café se enfriaba lentamente sobre la mesa, Lucía pensó en la mujer que había sido aquella tarde de martes.
La mujer que había llegado a una cita a ciegas con la sudadera más vieja que tenía, convencida de que podía evitar el dolor si nadie llegaba a conocerla de verdad.