Respiró profundamente.
—Ahora sé que estabas sufriendo y que necesitábamos ayuda mucho antes. Ojalá hubiera sabido hablarte sin hacerte daño. Ojalá hubiéramos encontrado ayuda antes de llegar a este punto.
Las lágrimas le impidieron continuar durante unos segundos.
—No puedo cambiar lo que dije. Pero quiero que sepas que te quería, incluso cuando no sabía cómo demostrarlo.
Ellen se acercó y lo abrazó.
A su alrededor, el vecindario entero guardó silencio.
No lloraban únicamente por el hombre que había muerto. También lloraban por los años de sufrimiento que nadie había sabido reconocer, por las palabras que no pudieron retirarse y por la ayuda que había tardado demasiado en llegar.
Daniel conservó la carta de su padre durante el resto de su vida.
Y cada vez que la leía, recordaba la última lección que Robert le había dejado: que una persona puede estar profundamente enferma y necesitar ayuda, y seguir siendo digna de respeto y cariño.