Ethan escuchó una voz que nunca esperaba oír mientras permanecía atrapado en la oscuridad.
«Adiós para siempre», había susurrado Olivia, su esposa, antes de cerrar la tapa del ataúd.
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La frase seguía repitiéndose en su mente mientras intentaba mover aunque fuera un solo músculo.
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No podía abrir los ojos.
No podía pedir ayuda.
No podía hacerle saber a nadie que seguía consciente.
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Pero podía escuchar.
Y eso fue lo que convirtió su propio funeral en una pesadilla que nadie más conocía.
El aire dentro de aquella caja de madera estaba lleno del olor de los lirios y de la tela suave que cubría su cuerpo.
Afuera, la gente hablaba en voz baja creyendo que Ethan ya no podía escuchar nada.
Alguien lloraba.
Alguien recordaba lo joven que era.
Pero cada palabra que llegaba hasta él le confirmaba una realidad imposible de aceptar: estaba presente en su despedida.
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Su funeral había comenzado mientras él seguía atrapado dentro de su propio cuerpo.
Entonces recordó la última mañana antes de perder el conocimiento.
Durante semanas había sentido que algo estaba mal.
Los mareos aparecían cada vez con más frecuencia.
El cansancio se había vuelto una parte permanente de sus días.
Olivia insistía en que solo era estrés.
Mason, el fisioterapeuta en quien Ethan confiaba para recuperarse, decía exactamente lo mismo.
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Ambos parecían seguros.
Y Ethan les creyó.
Aquella mañana, Olivia llegó con una taza de café entre las manos.
El vapor subía lentamente mientras ella se acercaba con una expresión tranquila.
«Tómate esto. Te ayudará a relajarte», le dijo.
El café tenía miel y canela.